Salí a la vida
Era un
fantástico día. Descubrí que ese sol me invitaba a salir a respirar de nuevo el
aire limpio y puro. Abrí la puerta y la belleza y la calidez del sol me hizo
retroceder hacia el interior nuevamente. Sentía que no estaba preparada aun.
Pero, al intentar cerrar nuevamente la puerta, me asusté de tanta frialdad y
oscuridad. Me armé de valor y salí a la vida.
Seguí
la vereda en busca de algo, sin saber muy bien el qué. Iba empapándome de toda
la frescura de los árboles y plantas que me rodeaban. De pronto, una ardilla
saltó delante de mí y se me quedó mirando. Tanto me sorprendió que estallé en
una carcajada y la ardilla, mirándome indignada, se ocultó de nuevo en la
espesura del bosque.
No
recordaba la última vez que había reído así. Aun más, no recordaba el último
momento en que había sonreído de verdad, llegando a los ojos la alegría.
Y todo
me llegó de golpe. Caí de rodillas en medio de la vereda, dejándome arrastrar
por tanta desesperanza, ahogándome en mis propias lágrimas. Fue un momento
interminable. La ansiedad y el dolor hacían que no pudiera respirar. Sentía
tanta agonía que lo único que deseaba era volver a casa y dejar que mi vida
volviera a perderse entre las sombras. Pero ni eso podía. Todo me daba vueltas
y caí semiinconsciente. Pensé que fueron minutos, pero quizás fueron horas,
porque el frío se me había metido hasta los huesos y sentí algo húmedo y rugoso
en mi mejilla. Abrí poco a poco mis ojos y descubrí la carita de mi amiga
indignada mirándome. Había venido a hacerme compañía. Miré a mí alrededor y me
di cuenta de que ya era noche cerrada.
Me
levante despacio, para no asustar a mi nueva amiga y decidí volver a casa. Pero
hizo algo curioso. Se apartó unos metros y se volvió a mirarme. Eso en sí no
tendría más importancia, pero al repetirlo en varias ocasiones, decidí
seguirla. En realidad solo tenía dos opciones, volver a mi prisión o ver hacia
donde me llevaba mi curiosidad.
Seguí a
la pequeña introduciéndome en el frondoso bosque. Estaba demasiado oscuro y
a penas la tímida luz de la luna me dejaba ver más allá de un par de pasos. Pero
sentía que ella leía mis miedos, porque nunca se alejó más allá de esa
distancia. Cada vez con más curiosidad y rapidez, me iba adentrando en el bosque,
sin darme cuenta de que ya no reconocía el lugar donde me hallaba. No era
consciente del frío ni del hambre, solo quería saber hacia dónde me llevaba mi
amiga.
Hasta
que se paró en seco. Empezó a revolotear sobre un montón de hojas que había en
el hueco de un árbol. Se puso a escarbar con sus patitas, con suavidad, hasta
que se escuchó un débil gemido. Me abalancé, porque había algo vivo allí enterrado
entre las hojas. No sabía qué iba encontrarme. Al apartar todas las hojas descubrí
un cuerpo diminuto, casi sin vida. Le abracé con una pasión, con un dolor convulsivo,
queriendo introducirle dentro de mí, nuevamente, donde nadie ni nada pudiera
hacerle daño de nuevo.
¡¡¡Mi
hijo!!! Mi ángel, mi pequeño tesoro…
Estaba
de nuevo en mis brazos y yo no podía parar de llorar balanceando mi cuerpo
hacia adelante y hacia atrás riendo a la par de felicidad.
Entre
todo el estruendo de mi profunda alegría cargada de desesperación, escuché una
vocecita pero no comprendía lo que me decía. Yo seguía llorando y trataba de
comprender. Seguía riendo con agonía y no lograba entender lo que esa vocecita expresaba.
Hasta que hice un esfuerzo sobre humano por escuchar y calmé mi angustiada
alegría.
.-
Mama, no fue tu culpa. Mamá, yo te quiero. Sé que todo fue un accidente y que
jamás me habrías querido hacer daño. Hace mucho tiempo que trato de decírtelo pero
solo escuchas los gritos de tu corazón que acallan mis palabras. Mami, tu
tristeza me hunde cada vez más en el olvido y yo quiero que me guardes en tu
corazón, pero no junto a la culpa y el dolor. Mi mamita, quiero verte feliz
quiero que salgas de la prisión que te has auto impuesto y vivas por mí.
¡Disfruta! ¡Vive! ¡Sueña! ¡Ama!. Porque yo te estaré esperando siempre desde
esa estrella en el cielo, la que más brilla, viendo lo linda y feliz que estás.
Te quiero, mi mami. Eres la más hermosa. Y cuando fui a besarle, me desperté de
mi sueño.
Estaba
en mi cama, en esa habitación oscura y fría e iba a dejarme arrastrar de nuevo
por el dolor, cuando recordé las palabras de mi bebé no nato que ese maldito accidente
arrebató de mis brazos. Y comprendí que tenía razón. Sería muy duro, pero lo
tenía que hacer por él. Y lo haría…
Abrí la
puerta, esta vez en la realidad, y salí a la vida…
Fin.
